En el momento de escribir esto, en el cole estamos inmersos en la celebración de la Semana del Libro. En un cole, un día es muy poco para dedicarle a la Literatura. No obstante, sabemos que el gran día no es otro que el 23 de abril.

La explicación de por qué es ese día y no otro, la sabemos de memoria: porque el 23 de abril de 1616 murieron dos de los mayores exponentes de la literatura universal: William Shakespeare y Miguel de Cervantes.
Este tipo de coincidencias, en general, nos parecen muy atractivas. No obstante, y sintiendo romper el romanticismo para quien no lo supiera: en realidad, ni Shakespeare ni Cervantes murieron el 23 de abril.
Lo de Cervantes tiene poca chicha: murió el 22 de abril y fue enterrado en el Convento de las Trinitarias Descalzas de Madrid al día siguiente, 23 de abril de 1616. De ahí la confusión por ser el 23 la fecha que quedó registrada.
Lo de Shakespeare sí es más curioso.
Sin entrar en tantos detalles como el trasfondo merece, me vais a permitir que me remonte unos cuantos siglos atrás, que la Historia lo merece.
Seguro que alguna vez os habéis preguntado por qué septiembre, octubre, noviembre y diciembre suenan a siete, ocho, nueve y diez, respectivamente. La respuesta es la que imaginamos: en su día fueron el séptimo, octavo, noveno y décimo mes del año. Cuando Rómulo fundó Roma, allá por el 753 a.C., los romanos aún dividían los años en 10 meses, empezando en marzo, mes dedicado a Marte, dios de la guerra.
Sería Numa Pompilio, el segundo rey de Roma, quien reestructuraría el calendario añadiendo enero y febrero ¡como undécimo y duodécimo mes! y fijando el número de días de cada año en 355.
Siete siglos después, como os podéis imaginar, la sincronía del calendario con respecto al ciclo solar no era muy precisa que digamos. Julio César promovió su actualización colocando enero y febrero como primeros meses -para dar tiempo a sus generales, que tomaban posesión de su cargo con el nuevo año, a preparar las campañas bélicas de marzo- y arreglando los desfases de una vez por todas. O esa era la idea.
La responsabilidad de hacer los cálculos recayó en el astrónomo Sosígenes de Alejandría. Me imagino la cara de Julio César cuando el bueno de Sosígenes le dijo que, para que el año siguiente pudiera comenzar con buen pie, el presente debía alargarse hasta los 445 días. Y luego decimos que 2020 nos pareció largo…
El nuevo calendario, llamado juliano, parecía ser la respuesta definitiva: 365 días con un año bisiesto cada cuatro. Tan satisfecho y orgulloso se sentía Julio César que cambió el nombre del mes quintilis por el de julio. Unos años más tarde, Octavio Augusto haría lo propio con sextilis y damos gracias a que los siguientes emperadores no quisieron convertirlo en tradición.
El futuro parecía en total conjunción con los astros, pero tras mil años de Edad Media llegamos al Renacimiento y al tema que realmente nos ocupa. Los consejeros del papa Gregorio XIII le advierten de que el equinoccio de primavera se ha adelantado 10 días. El calendario juliano era bastante preciso, pero no lo suficiente, lo que afectaba a la correcta celebración de la Pascua y otras festividades sin una fecha fija. ¿La solución? Del jueves, 4 de octubre de 1582, se pasó al viernes, 15 de octubre de 1582. Además, se ajustó lo de los años bisiestos, eliminando aquellos que acabasen en 00 pero manteniendo los que fueran múltiplos de 400. Un lío, vaya.

Pero más lío fue que, siendo el papa de Roma el impulsor del cambio, este calendario -llamado gregoriano en honor al pontífice- lo adoptaron únicamente los países católicos, como la España en la que ya escribía don Miguel. En cambio, otros países de otras confesiones distintas, como la Inglaterra anglicana de Shakespeare, decidieron seguir con el calendario juliano unos cuantos años más. ¿Cuántos? Algunos hasta hace bien poco; Inglaterra, los suficientes para que, cuando en España, Cervantes era enterrado, el 23 de abril, allí aún fuera 13 de abril y nos fastidiase la efeméride.
Matizando mis palabras de la primera parte de este texto, para los vecinos de Shakespeare y las actas de su iglesia, sí murió el 23 de abril del cómputo juliano; según el calendario gregoriano –que a día de hoy es el oficial en la mayor parte del mundo- murió el 3 de mayo de 1616. Sea como fuere, el homenaje es más que justo.
Dentro de unos 7000 años, cuando se desfase el calendario gregoriano, a lo mejor otro profe – ¿de las Salesianas de Marte, quizás? – comparta una publicación celebrando que, en el Planeta Tierra, la gente valoraba con cariño la Cultura, la Literatura y la Historia.
Ángel Marcos Ramírez. Tutor 6º EP